En un artículo que apareció hace un par de semanas observé que, aunque estamos en la era de las comunicaciones, evangelizar es mucho más que «publicar algún tipo de texto». Si realmente queremos que crezcan los números en nuestras iglesias debemos aprender primero a amar a los que no asisten a la iglesia. Los inconversos tienen que convertirse en personas verdaderamente importantes para nosotros. También anoté que debemos enfocarnos en objetivos potentes y claros que nos permitan llegar a aquellos que son más receptivos a la palabra de Dios. Estas dos condiciones son básicas, pero hay además otras que son igualmente indispensables.
Parece demasiado obvio, pero realmente el componente más importante de la evangelización es el evangelio mismo. De hecho, puedo pensar en por lo menos tres riesgos en los que podemos incurrir a la hora de planear el crecimiento de nuestras iglesias. El primero, sería conformarnos con una versión defectuosa del evangelio. El segundo sería confundir el mensaje con los medios para anunciarlo. Y el tercero, podría ser confundir el evangelio con la enseñanza para la vida cristiana. En el primer caso sería como si alguien quiera vendernos un producto inútil; en el segundo, como si nos quieran vender el paquete en vez del producto; y en el tercero, como si quisieran vendernos el manual sin conocer el producto.
Han pasado ya casi dos mil años desde que Jesús y sus apóstoles anunciaron por primera vez el mensaje de salvación. Durante este largo periodo muchos han producido versiones espurias del Evangelio. El verdadero cristianismo proviene del evangelio verdadero. Por consiguiente evangelizar no es simplemente traer gente a la iglesia. Es «concectarlos» con la «buena nueva» que originó la fe cristiana en el siglo primero. La verdadera evangelización siempre tendrá que ver con conducir a otros a la fuente original de fe, de la cual da testimonio el Nuevo Testamento. Este es el único mensaje que trae salvación. Es el tesoro que tenemos qué compartir con quienes no lo conocen. Sin embargo, debemos ser cuidadosos de que al insistir en la pureza del evangelio no tratemos de que igualmente otros acepten las formas tradicionales de comunicarlo.
Mucho mal se puede hacer a la causa de Cristo si no entendemos que el evangelio llama la atención a distintas personas de diversas maneras. Si queremos realmente evangelizar tenemos que estar prestos a llevar el evangelio a las gentes con los métodos y en los medios que más les llamen la atención. No existe ninguna necesidad de insistir en los métodos tradicionales, puesto que lo que salva es el evangelio; no los métodos mediante los cuales se comparte. Es más, insistir en los medios y los métodos puede obstaculizar la recepción del evangelio y aún distorsionar su significado.
Por último, por más que apreciemos la totalidad de la enseñanza de la Biblia, necesitamos entender que el evangelio es «el poder de Dios para salvación», mientras que el resto de la Biblia fue escrita para enseñarnos cómo vivir la vida de salvos y para animarnos a perseverar en nuestra esperanza. Evangelizar es compartir con otros el plan de Dios para su salvación. No es enseñarles todo lo concerniente a la vida en la iglesia. La gente se salva obedeciendo al evangelio. El Señor entonces los añade a la iglesia, para que crezcan y aprendan todo lo que puedan. Vamos pues a anunciarles el evangelio y animarlos a obedecerlo. Luego, tendrán el resto de su vida para seguir a Jesús por el camino estrecho que conduce al cielo. Por consiguiente, tan obvio como pueda parecer, un paso importante a la hora de planear una estrategia evangelista es aclarar y entender bien el mensaje que queremos anunciar.
Esta es la primera parte de dos artículos que publicaremos en español e ingles. La versión en inglés de este articulo se publicó en el boletín de la semana pasada. La próxima semana, publicaremos la segunda parte en inglés y luego la respectiva versión en español la siguiente semana
Siendo un cristiano consciente de la importancia que tiene «La Gran Comisión», siempre he tenido interés en cualquier método de evangelización que pueda estimular el crecimiento de la iglesia. Me quedo asombrado al ver cómo el las últimas décadas vamos contando con cada vez más medios poderosos y rápidos para difundir el evangelio y propiciar el crecimiento de la iglesia. Vivimos en una gran bonanza de comunicación. Este es sin duda el tiempo ideal para tener un mensaje y esparcirlo. Esta debería la era de la evangelización para la iglesia. Sin embargo, evangelizar es más que medios y métodos. El crecimiento de una iglesia requiere más que panfletos vistos, páginas web dinámicas o videos en YouTube. Aquí hablaremos de dos condiciones que son absolutamente necesarias.
En primer lugar los cristianos tenemos que entender las necesidades de la gente que no es religiosa. Además debemos estar al tanto de sus preferencias respeto a los estilos de comunicación. Esto simplemente quiere decir que debemos aprender de nuestro Señor Jesucristo a respetar y amar a la gente, incluso aquellos que no pertenecen a nuestro círculo de cristianos. El amor genuino hacia los demás es la base del evangelismo efectivo. Amar a otros implica apreciar sus características únicas, interesarse en sus opiniones, buscar medios para alcanzarlos no importa qué tan lejos estén de nosotros social, cultural, e incluso moralmente. Amar a otros quiere decir oírlos cuando hablan de sus problemas, sus angustias, sus sueños, o sus vidas. Antes de diseñar cualquier anuncio, debemos preguntarnos si la gente a la que queremos alcanzar, realmente nos interesa. ¿Estamos listos para llamarlos nuestros «proximos» a pesar de ser lo que son? ¿O queremos que se vuelva como nosotros antes de extenderles amor fraternal? ¿Los amamos de verdad o estamos tan enamorados de nosotros mismos que simplemente queremos sentirnos bien pretendiendo que estamos alcanzando a otros? El primer paso hacia un crecimiento congregacional efectivo es darnos cuenta de que estamos aquí para extender el amor, la paciencia y la amabilidad de Dios a aquellos que están lejos de Él. Pero el amor y la amabilidad no son suficientes.
La iglesia debe tener objetivos evangelísticos claros y debemos entender que las personas reaccionan de diversos modos a la propuesta del evangelio. ¿Qué queremos? ¿Queremos mantener nuestros programas y estructuras, o queremos traer almas a Cristo? ¿Queremos que los números reflejen la popularidad de nuestra iglesia, o cuántas personas están siendo redimidas por la sangre de Cristo? ¿Queremos otros se vuelvan discípulos de Cristo y seguidores del camino de los apóstoles o amigos personales que apoyen nuestras preferencias religiosas? Necesitamos hacer decisiones importantes y adquirir compromisos serios respecto a estas preguntas si es que queremos que nuestros esfuerzos evangelísticos tengan éxito.Además, y muy relacionado con esto, tenemos que entender que Jesús no es para todo el mundo. Hay vastos segmentos de la población que no están listos para Su propuesta. Pero hay muchos que sí lo están. Ser una iglesia evangelística significa identificar estas últimas personas y concentrarse en alcanzarlos. ¿Quiénes son estas personas? ¿Dónde están? ¿Cómo podemos alcanzarlas? ¡Estas preguntas que se deben contestar. Plantemos la semilla en todas partes, pero concentremos nuestros esfuerzos en los mejores terrenos!
Hace muchos años, siendo un adolescente ávido de pautas que me ayudaran a resolver el enredo de mis pensamientos escuché a un misionero norteamericano que, en un español maltratado, intentaba ilustrarnos el beneficio de las reglas en la vida. Contó que una vez había una pequeña escuela al lado de una vía grande y muy transitada. Mientras hablaba iba dibujando en un viejo tablero pintado de negro la escuela, un espacio de recreo frente y la avenida con sus carros, que pasaba justo al terminar el área de recreo. Él decía que todos los días los niños se asomaban a la puerta y miraban por las ventanas con ganas de salir a jugar en el espacioso campo frente a la escuela; pero los maestros, temerosos de que algún pequeño descuidado fuera a salirse a la avenida, nunca los dejaban salir. Tenían que pasar el recreo aburridos en un pequeño patio en el interior de la escuela. Un día unas personas generosas del barrio decidieron construir una cerca al rededor de la escuela. Así los niños podrían correr libremente, sin temor alguno.El día en que se terminó de construir la cerca –y el misionero pintó la cerca al rededor del terreno– todos los niños salieron corriendo a disfrutar libremente su recreo, mientras los maestros despreocupados se sentaron a charlar y a verlos jugar. La moraleja era clara. Las reglas, como aquella cerca, nos protegen y lejos de coartar nuestra libertad la promueven.
Aquella simple ilustración me ayudó mucho mientras en mi deseo de ser hombre y adulto luchaba dentro de mí mismo con las reglas y prohibiciones de la casa, la iglesia y la escuela. Es verdad que necesitamos las cercas y las paredes. No podemos vivir a la intemperie. ¿Cuál sería el caos si no tuviéramos paredes tras las cuales resguardarnos? El problema no es únicamente la inclemencia del clima; sino la confusión, el desorden y los terribles conflictos en los que nos meteríamos al violar constantemente los espacios los unos de los otros. Las normas, los principios, las tradiciones y los parámetros de nuestra fe son como las paredes de nuestra casa. Nos dan identidad, seguridad y un sentido de pertenencia. A veces escucha uno «adolescentes» en la fe que quieren echar por la borda todas las restricciones eclesiásticas. Piensan que el verdadero camino a la libertad espiritual es vivir la fe a la intemperie, sin iglesias, ni reglas, ni doctrinas, ni tradiciones. Pero como bien lo ilustraba mi amigo el misionero, tal «visión» no conduce a nada más de que la fatalidad y la pérdida eventual de la verdadera libertad. Los espacios correctamente delimitados nos ayudan a explorar y a crecer con alegría y confianza. Pero hay algo muy importante que debemos recordar: Necesitamos puertas y ventanas.
El apóstol Pablo decía: «Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.» (Efesios 4:1-3). Vivir dignamente y ser una comunidad de fe unida y vigorosa requiere de espacios claramente demarcados por pautas doctrinales, morales y cultuales. Derrumbar las paredes es destruir la comunidad y la fe. Pero encerrarse entre paredes inamovibles, sin puertas ni ventanas, es asfixiarse y morirse lentamente en el aislamiento. Pablo dice que hay ser humildes, amables, pacientes y tolerantes. Esas son las ventanas y las puertas de nuestra comunidad. La humildad es una ventana a la belleza del otro, es la capacidad de ver el mundo desde otras perspectivas. Cuando falta la humildad solo vemos hacia adentro, hacia las fantasías del ego envanecido. Si tenemos humildad podemos ver afuera, al oriente, al occidente, al norte y al sur, arriba y abajo. La amabilidad nos permite entrar a los espacios de otros e invitar a otros a entrar en los nuestros. Mantiene el diálogo y nos permite experimentar el mundo del otro sin perder nuestro sentido de identidad, y sin olvidarnos de cuál es nuestro hogar. La tolerancia nos ayuda a reconocer que tenemos que ser flexibles los unos con los otros, que de repente los límites que hemos establecidos con nuestras propias tradiciones y experiencias deben ajustarse para dar paso al crecimiento y la madurez, sin que eso signifique quedarse a la intemperie. Ninguna comunidad inflexible e intolerante, cerrada a las perspectivas de los demás, puede sobrevivir los cambios de los tiempos. Vive de la tendencia, pasa con la moda. Pero por otro lado, ni la comunidad ni la fe sobreviven el caos del campo abierto. Necesitamos iglesias con paredes y techo para resguardarnos y saber quiénes están adentro y quiénes están afuera; pero necesitamos puertas y ventanas para expandiremos y crecer. Las doctrinas y las normas no están ahí para encerrarnos, sino para dejarnos correr con alegría y libertad.
Desconozco por qué motivo los traductores de la versión Reina-Valera de la Biblia escogieron traducir la palabra griega «logos» por «Verbo» cuando en los escritos joaninos se refiere a Jesús. Quizás los influyó la traducción de la Vulgata Latina, «Verbum»; pero sea cual fuere la razón, al reflexionar sobre Jesús y en nuestra fe en él, pienso que fue una traducción muy afortunada y me quedo con ella. Cuando me refiera a Juan 1:1.14, I Juan 1:1, 5:7 y Apocalipsis 19:13, voy a seguir citando de la Reina-Valera. Pudiéramos traducir el «logos» griego diciendo por ejemplo: «En el principio era el Concepto de Dios...», o «la razón de Dios...», o «el Discurso de Dios...», o como muchos han traducido, «la Palabra de Dios». Sin embargo, ninguna de estas traducciones tiene la fuerza que en nuestros días tiene la traducción de la Reina-Valera. Cuando los cristianos hoy, afirmamos que Jesús es Verbo estamos declarado inmediatamente que es »acción y movimiento». Si no repetimos sin reflexión esta frase, descubrimos que tiene profundas implicaciones para nuestra vida.
Usualmente equiparamos la fe con conjunto de creencias que uno tiene. Pero la fe, conceptualizada de este modo es simplemente un ejercicio intelectual, desposeído de vida real. Es un un mundo inmaterial e irreal a donde el intelecto escapa para no confrontar los desafíos reales de la vida. Santiago decía: «muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.» (Santiago 2:18). También decía: «la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta.» (Verso 17). Si la fe se queda sólo en palabras, formulas y convicciones intelectuales, es una fe muerta; es decir inútil y prácticamente inoperante, incapaz de salvar a nadie. No importa cuan lógicas y verdaderas sean las proposiciones. Sin no hay acción, no hay vida. La verdadera fe en Jesús entraña compromiso, movimiento y acción. Es fe en el Verbo de Dios, fe capaz de encarnarse y vivir auténtica y eficazmente. Si la fe de uno no encuentra una articulación real en el quehacer cotidiano, hay que hacer un alto y preguntarse si realmente uno cree en el Verbo de Dios.
Jesús es el Verbo de Dios porque nos comunica a Dios de la manera más exacta. ¿Cómo? Jesús no vino a decir palabras de Dios. Él vino y trabajó (Juan 5:17). Jesús fue Dios presente entre nosotros (Juan 1:14), porque trabajó como Dios trabaja para redimir la creación. Jesús es Verbo de Dios porque creó al mundo en el principio, y está creando ahora «un cielo nuevo y una tierra nueva». «Crear» es un verbo, no un sustantivo. Los verbos hacen y crean, los sustantivos nombran lo que ha sido hecho. Jesús no solamente nombra, repite y clasifica. Él trabaja y crea vida con su trabajo. Jesús trabaja con inteligencia, amor y compromiso. Lo suyo no es euforia ni sentimentalismo. Es acción visionaria, planeada y entregada; compromiso transformador, liberador y vivificador. Por eso la traducción que ha mantenido la Reina-Valera es especialmente providencial en nuestros días, en los cuales se dicen y se escriben diariamente millones de palabras, que se publican en millones de espacios. Entre tantas palabras que giran siempre sobre lo mismo está Jesús, Verbo creador de Dios. Creer de verdad en el verbo de Dios, es convertirse en eco vivo de la constante y renovadora acción de Dios en el mundo. Es comprometerse a ser imagen de Dios trabajador. Es estar donde Dios quiere estar y hacer lo que Dios quiere hacer, desde las limitaciones y la debilidad de nuestros frágiles «vasos de barro», alentados por la vitalidad de su Espíritu.
Ya por unas tres décadas Arjona ha estado preguntando a los cuatros vientos: ¿Qué haces hermano leyendo la Biblia todo el día? No sé cual habrá sido originalmente la intención del compositor con su pregunta. Para mí la respuesta es ambigua. Sabemos de muchos que se la pasan estudiando la Biblia y no practican; pero también hay muchos que no la pueden practicar por no la conocen en absoluto. A medida que transcurren los años y cambian los tiempos, me da la impresión de que incluso un número creciente de cristianos están pensando que la fe es más cuestión de actitudes que de conocimiento. Pronto recordamos que Pablo decía que «el conocimiento envanece, mientras que el amor edifica», y sin pensarlo dos veces damos por justificada nuestra falta de estudio bíblico, y hasta sentimos un «santificado» desdén por aquellos que buscan tenerlo.
La Biblia se escribió para que leamos una y otra vez. Sus historias, sus profecías, sus cartas están ahí para que las estudiemos, las analicemos y aprendamos de ellas. Pablo decía: «todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza.» (Romanos 15:4). En pleno apogeo de la posmodernidad, frente al más profundo relativismo y sincretismo y de cara a un futuro más impredecible que nunca, el estudio serio y dedicado de la Biblia se vuelve aún más relevante. Conocer la historia bíblica y su interpretación teológica nos permite echar raíces en el plan eterno de Dios para resistir con firmeza las avalanchas de los vientos tormentosos del futuro, cuya fuerza ha hemos empezado a sentir por muchas partes en nuestro propio presente. Descubrir los valores que por siglos sustentaron a nuestros precursores en la fe y articularlos en medio de los retos que se nos presentan hoy es el ancla de la salvación para nuestra generación.
El apóstol Pedro recomendaba: «ceñid vuestro entendimiento para la acción» (1 Pedro 1:13 – Biblia de las Américas). Este significa que hay que prepararse con conocimiento e inteligencia para actuar. No se trata aquí de multiplicar teorías y argumentos; sino de aprender a pensar con cordura, dirección y contenido. Se trata de acostumbrarse a evaluar toda información recibida para «retener lo bueno y desechar lo malo». Hay que estar dispuestos a cotejar los «tiempos y las señales» actuales con los propósitos revelados de Dios. Hay que aprender a debatir, no tanto ya con el adversario externo que difiere de nuestros puntos de vista sino con nosotros mismos que enfrentamos cuestionamientos y dilemas nuevos a cada paso. Hay que estar entrenados para hacer que triunfe la verdad, no tanto ya en el podio de la discusión pública sino en el interior de nuestro corazón, donde debemos tomar decisiones trascendentales y asumir posturas auténticas respecto de nosotros mismos.
Estudiar la Biblia concienzudamente es hoy una necesidad urgente, no para demostrarle a otros que sabemos lo que dice «El Libro» sino para vivir con verdadero aplomo nuestra vida cuando el mundo cambia constantemente de cimientos y ensaya construyendo nuevas formas sin forma, caminos sin destinos y escaleras sin pisos. Pablo advirtió claramente que el propósito de la educación cristiana es que no seamos «zarandeados por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza...» (Efesios 4:14). Estas palabras me suenan muy pertinentes porque pienso que tal vez nuestra época es el tiempo cuando más la información y el conocimiento se parecen al viento caprichoso y el devenir histórico a las olas que van inciertas de un lado al otro.
Tener fe en Jesús es aceptar el reto de avanzar (Filipenses 3:13-14). Fe se seguimiento. Es carrera y lucha (1 Corintios 9:24-27). Pero además es solidaridad y equipo; comunión y unidad. La fe es avanzar juntos, combatir unidos, correr en equipo. Somos iglesia. Caminamos en compañía de otros. Corremos acompañados. Juntos avanzamos o nos quedamos. Progresamos o fracasamos. Pero, ¿porqué es a veces tan difícil avanzar? ¿Porqué cuesta tanto construir y mantener un espíritu de equipo? Es que hay un factor indispensable sin el cual es realmente imposible avanzar o mantener hoy por hoy la unidad. Este factor es el equilibrio.
Para avanzar hay que tener balance. Y para mantener la unidad hay que reconocer la importancia del balance. Así sea que corramos o que simplemente caminemos despacio, necesitamos el balance a cada paso que damos. Como el que va por la cuerda floja se inclina, ahora a la derecha, ahora a la izquierda; así la iglesia que lucha cuesta arriba debe mantener el equilibrio si no quiere caer en el abismo de la apostasía o atascarse en el estancamiento del hastío.
El equilibrio se mantiene moviéndose de tal forma que las fuerzas que actúan sobre nosotros se compensen o se anulen mutuamente. Ser iglesia inmersa en un mundo que se mueve velozmente nos coloca inevitablemente en medio de un campo lleno de fuerzas y corrientes encontradas. Ahí es donde seguimos a Jesús. Ahí es donde cumplimos nuestra misión y realizamos nuestro ministerio. Contra viento y marea, luchamos. Y en un siglo tan inestable y agitado como el nuestro, seguido nos sorprenden fuerzas y movimientos totalmente inesperados.
Tal vez esta sea la razón por la cual hay tanta gente desconcertada, y no menos iglesias desubicadas. Hoy más que nunca debemos entrenarnos en el delicado arte del equilibrio, si no queremos terminar en la locura. Pero ¿cómo se logra y se mantiene el equilibrio? ¿Qué significa esto para la iglesia?
Lo primero es que, tanto las iglesias como los individuos en ellas, debemos desarrollar un sentido adecuado del espacio en que nos movemos. Es decir, necesitamos saber dónde estamos parados. Negar los cambios, pretender que las corrientes del mundo no existen, que en nada nos afectan, o vociferar alocadamente en contra de cuanto no nos parece es meter la cabeza en la arena, como el avestruz. Debemos informarnos, estar pendientes de los vientos que soplan en nuestra cultura, instalar nuestras veletas y observar diariamente la dirección de los vientos que se forman repentinamente en nuestras sociedades. Pero además de observar, hay también que actuar rápida y adecuadamente.
Debemos desarrollar destrezas para hacer ajustes prontos (individual y congregacionalmente) con miras a buscar el equilibrio. Es como la acción del termostato. Una vez indicada la temperatura deseada, el termostato «siente» si el calor aumenta o disminuye. Acto seguido, regula inmediatamente el ambiente, incrementando el frío o el calor como sea necesario. Muchos cristianos no pueden crecer y muchas iglesias se dividen porque no han aprendido a equilibrar las corrientes que se encuentran a su paso. Pero, ¿en qué consiste específicamente el equilibrio? ¿De que fuerzas o corrientes estamos hablando? Veamos algunos ejemplos.
Efesios 4:15 nos habla del binomio «amor y verdad». Podemos explicar en teoría que el amor y la verdad son dos fuerzas absolutamente complementarias y que no existe contradicción alguna entre ellas. Sin embargo, en la práctica fácilmente nos inclinamos en una u otra dirección. O nos concentramos en el amor, descuidando la verdad; o nos dedicamos a la verdad, descuidando el amor. Esto se debe sencillamente al hecho de que somos humanos, limitados de entendimiento y con la tendencia a enfocarnos en una sola cosa a la vez. Es entonces cuando necesitamos el equilibrio. Si falta el amor, alguien tiene que empezar a hablar de ello, buscando el balance. Si falta la verdad, alguien tiene que llamarnos la atención y recobrar el equilibrio. Desafortunadamente, lo que sucede con frecuencia es que las reacciones en una u otra dirección, son tan extremas y excluyentes que terminan en facciones totalmente desbalanceadas. Procedemos demasiado brusco. No logramos mantener la proporción con el polo opuesto del binomio. Reaccionamos con pánico, y el pánico y el equilibrio no son buenos compañeros.
En Filipenses 1:27 y 3:13-14 podemos ver el binomio «avance y tradición bíblica». Hay que mirar adelante y hay que mirar atrás. Hay que ver hacia el futuro y volver la mirada al primer siglo, donde está la fuente de nuestra fe. Hay que ser de avanzada y permanecer firmes en la fe «una vez dada a los santos». Si el viento sopla de frente nos inclinamos adelante; pero si sopla por la espalda, nos inclinamos ligeramente hacia atrás. Una vez más: Si nos lanzamos intempestivamente hacia adelante descuidando la proporción con nuestro pasado; nos alejaremos lastimosamente de la visión de Jesús. Pero si no podemos ver adelante, seremos completamente irrelevantes en relación con los retos y las características de nuestra propia época, y tampoco cumpliremos la misión que el Señor nos encomendó.
1 Corintios 9:19-20 y 1 Pedro 4:1-4 nos plantean el binomio «adaptación y diferenciación». Hay que adaptarse a los que no han oído aún en evangelio para poder encontrarlos donde están y ganarlos para Cristo. Pero hay que mantener las diferencias, para no confundirnos con el mundo. Hay que hacerse esclavo a los esclavos, pero no perder la libertad de Cristo. Hay poder identificarse con los que viven sometidos a la ley, pero no caernos de la gracia. Hay que acercarnos a los que no tienen ley, pero recordando que tenemos un compromiso con Cristo. Somos sal y levadura del mundo. No podemos separarnos tanto que perdamos el contacto; pero no podemos identificarnos con el mundo hasta perder nuestras «propiedades».
El Antiguo y el Nuevo Testamento representan el binomio «ley y gracia». Debemos leer tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento no abroga el Antiguo, sino que lo cumple. El Antiguo Testamento no contradice el Nuevo, sino que lo complementa. El Antiguo Testamento destaca la severidad de Dios y nuestra obligación para con Él. El Nuevo, pone de relieve la gracia que nos salva del pecado. El Antiguo Testamento recalca el carácter justo e impecable de Dios. El nuevo, su misericordia infinita. La gracia sin justicia ni compromiso cae en el libertinaje. La obligación y el compromiso sin la gracia, caen de la libertad. ¡Sólo podemos avanzar manteniendo el equilibrio!
En Apocalípsis 5:9 los adoradores en el cielo cantan «un nuevo cántico». Sin duda Juan hace eco de las múltiples ocasiones en que los antiguos escritores bíblicos exhortaron al pueblo a cantarle al Señor un «cántico nuevo». Cantar siempre ha sido un componente integral de nuestra adoración a Dios. Tal vez esto se debe a que la música es por su parte una característica constante de todas nuestras culturas. Ya el Génesis nos recuerda que los seres humanos comenzaron a hacer música en el oscuro horizonte de nuestra prehistoria (Génesis 4:21). Desde que el hombre empezó a abrirse espacio en la tierra virgen que Dios había creado, acompañó con música sus penas, alegrías e ilusiones. Por eso quizás también en el cielo, después de la muerte, seguiremos cantando. Dios, el otro y yo unidos a través de la música: esta es la imagen del futuro que nos llega desde la revelación de Juan. Pero no podemos suponer que la música en el cielo se parece a la música a la que estamos acostumbrados en la tierra.
En Apocalípsis 15;2-3 Juan nos cuenta que vio en el cielo «un mar como de vidrio mezclado con fuego» y que los que habían vencido tocaban sus arpas y cantaban. La imagen es la de un estupendo concierto celestial delicioso al oído de Dios. Pero es inmediatamente aquí donde tenemos que hacer un alto. La música en el cielo es una música que le agrada a Dios y a los «espíritus de los justos que han llegado a la perfección» (Hebreos 12:23). ¿Qué clase de música es esta? ¿Qué es lo que hace que este concierto sea celestial? ¿El tañido de las arpas? ¿La tesitura de la voz de los cantantes? ¿La perfección del ritmo? ¿La destreza musical de los intérpretes? Creo que con facilidad podemos caer en cuenta de que, aunque estas características son fantásticas en la música a la que estamos acostumbrados en la tierra, no tienen la misma importancia en el cielo. La música de la tierra está hecha en función del oído corporal. La música del cielo lo está en función del espíritu. Los músicos de la tierra dedican muchas horas a perfeccionar sus interpretaciones al gusto del oído humano. Pero el perfeccionamiento de la música espiritual es mucho más difícil, porque el espíritu se deleita no en las sensaciones del cuerpo, sino en las expresiones profundas del alma. Ni la instrumentación, ni el ritmo, ni calidad sonora de las voces importa mucho al espíritu.
El apóstol Pablo, instruyendo a los discípulos en Efeso les ordenó: «Canten y alaben al Señor con el corazón». Ese es el único instrumento y la única voz que complace al espíritu. En la música de la tierra realmente no interesa qué corazón tiene el interprete. Si sólo le importa la paga, o si vive envanecido por su talento; da igual con tal que sea «virtuoso». En cambio, en la música espiritual, aunque sea excelente la interpretación, si el corazón abriga vanidad, intereses mezquinos, envidias, gustos carnales o desamor, el resultado es comparable a una desagradable ejecución de ruido por gentes sin ninguna formación o talento musical. ¡Qué difícil es hacer música espiritual! En todas nuestras reuniones familiares y de iglesia deberíamos practicar, si es que queremos ser parte del coro celestial.
La música que a Dios le agrada no son las interpretaciones magistrales de orquestas y coros finamente pulidos en el arte musical de la tierra. Al contrario, la música que Dios quiere es la armonía de corazones limpios perfectamente sincronizados con la batuta del Espíritu Santo, que es la palabra de Dios. Solo dos cosas importan realmente en la adoración espiritual: el corazón y la sujeción del entendimiento a la Palabra de Dios (Efesios 5:18-20, Colosenses 3:16-17, 1 Corintios 14:15).